Los poemas del disco

RETRATO DE FAMILIA

Ciego de Ávila, provincia de Camagüey, isla de Cuba.

Mi abuelo tocaba el clarinete y tenía un cinturón con hebilla de oro.

Esto sucede en 1920, delante de una tela pintada con palmeras y pájaros que habrían de ser multicolores.

En una calle de la Habana, recién llegado de Vigo, Leonardo Mestre le compró a su novia una peineta de carey.

Están los dos, él lánguido de ojos y con un traje de lino.

Ella, bajo la luz de los trópicos, es bella y me mira.

Han conocido el ancho cielo y los grandes peces de los mares. Su juventud es dichosa como la aventura que acaban de descubrir.

Entonces se han colocado para la fotografía y con ella, como el que es alegre y vencido por el amor, entran en el hermoso sueño de la vida.

Ya nada pudo separarlos, sólo ellos saben por qué fue aquel el instante preciso del milagro.

Yo podría continuar esta historia pero no sé si en 1920 había chevrolets en Cuba.

Juan Carlos Mestre

LUZ DEL MEDIODÍA

Ni tu nombre ni el mío son gran cosa,

sólo unas cuantas letras, un dibujo

si los vemos escritos, un sonido

si alguien pronuncia juntas esas letras.

Por eso no comprendo muy bien lo que me pasa,

por qué tiemblo o me asombro,

por qué sonrío o me impaciento,

por qué hago tonterías o me pongo tan triste

si me salen al paso las letras de tu nombre.

Ni si quiera es preciso que te nombren a ti,

siempre nombran la luz del mediodía,

la fruta, el paraíso

antes de la expulsión.

Amalia Bautista

ABRE TODAS LAS PUERTAS

Abre todas las puertas: la que conduce al oro,

la que lleva al poder, la que esconde el misterio

del amor, la que oculta el secreto insondable

de la felicidad, la que te da la vida

para siempre en el gozo de una visión sublime.

Abre todas las puertas sin mostrarte curioso

ni prestar importancia a las manchas de sangre

que salpican los muros de las habitaciones

prohibidas, ni a las joyas que revisten los techos,

ni a los labios que buscan los tuyos en la sombra,

ni a la palabra santa que acecha en los umbrales.

Desesperadamente, civilizadamente,

conteniendo la risa, secándote las lágrimas,

en el borde del mundo, al final del camino,

oyendo cómo silban las balas enemigas

alrededor y cómo cantan los ruiseñores,

no lo dudes, hermano: abre todas las puertas.

Aunque nada haya dentro.

Luis Alberto de Cuenca

UNA GOTERA

Escucho la guitarra de Paco de Lucía.

La música me araña los huesos de la edad.

Lejanamente todo mi pasado se enfría.

Una gotera insiste entre la soledad.

La madrugada apoya su frente en la ventana

y me confía unas sílabas de pena y compasión:

se lo agradezco desde la yel de esta desgana.

Hay una losa de algo sobre mi corazón.

Una gotera. Una gotera hay en mi casa

en esta rara noche de música y de adiós.

Y en esta seguiriya que me hiela y me abrasa

veo el rostro de la nada como un golpe de tos.

¿Qué es esto? ¿No está al lado mi bella hija dormida?

¿No está ahí cerca dormida la paz de mi mujer?

El invierno tirita y me lame la vida.

Mi juventud se ha ido para nunca volver.

¿Te acuerdas, Paco? Un día fuimos adolescentes

entre hermosas guitarras y muchachas de miel.

Y hoy la noche de invierno me acaricia los dientes

y el viento de los años dormita en el mantel.

Todos mis sueños muertos se acuestan a mi lado

y esta gotera sigue rezando sin cesar.

Hasta el renunciamiento me dejó abandonado.

Se han ido lejos hasta mis ganas de llorar.

Cuando ya ni la lágrima acude hasta la herida

y la vida es convulsa como un golpe de tos,

¿qué le queda a esta llaga trivial y entumecida?

¿qué le queda a esta música? ¿qué nos queda a los dos?

Suena en la seguiriya la lujuriosa pena

de un tiempo que se apoya cansado en la pared.

Y suena en mi memoria y en mi cansancio suena

la horrenda saciedad que me dejó la sed.

Perdona, Paco. Excusa esta porción de invierno

con que te está escuchando mi viejo corazón.

Y que Dios te bendiga por ese ruido eterno

que suena como suena la palabra perdón.

Fumo mi cigarrillo sentado en una silla,

cercado por la silla, la tiniebla y la edad.

Oigo el perdón, muy próximo, en esta seguiriya.

Y oigo, lejos, la espalda de la felicidad.

Félix Grande

MANOS DE JARDINERA

Mains en songes, mains sur mon âme

Sagesse

Te avergüenzas de ellas

y ellas mismas no saben esconderse,

como esa muchacha que en el baile

procura no ser vista y evitar

con ello, y evitarse, un desengaño.

Prímulas y petunias, primaveras,

verbenas y jazmines,

y sobre todo rosas, toda clase

de rosas, amarillas, rojas, blancas,

rosas rosas, de seda y de cendales,

perfumadas y graves, se cobraron

en ellas su tributo: ya no son

manos de señorita. Y cuando al fin nos dejes

y vayas a reunirte con las raíces,

te reconocerán en esa poca

tierra que te quedaba entre las uñas

y que en tanta paciencia se lavaban,

volviéndote más tímida y misántropa.

Qué fiesta van a hacerte, coronando

tu frente con guirnaldas,

ciñendo tu cintura con las mejores galas

y en los labios besándote con menta.

Como estaré a tu lado,

diles cuánto te amaba

y que me dejen ver el jardín de la sombra

como miraba en vida el otro,

que estropeó tus manos.

Andrés Trapiello

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